Daniela Escalante es una madre, creativa, escritora, cantante, apasionada de la salud integral y la responsabilidad emocional.
A través de @twist.it_, comparte su trabajo con la fascia e invita a habitar el cuerpo con presencia radical. Desde ahí, propone honrar el paso del tiempo y sus ciclos, permitiendo que la belleza auténtica emerja por sí sola: congruente, radiante y soberana.
¿Cuál es el enfoque principal de tu vida en este momento?
En el tema de la salud integral, mi enfoque está en el empoderamiento de la salud, de la responsabilidad emocional y personal. Mi viaje de vida es el bienestar creativo, siento que crear es sudar: así como vas al gimnasio a sudar, tienes que crear para que tu alma sude.
Me interesa hablar del impacto de la fascia, no solo desde el punto de vista de la salud, sino también de lo que significa retomar la autoridad sobre nuestra propia belleza. Porque las mujeres hemos tenido nuestra belleza siempre delegada a otros: si el hombre dice que estoy guapa, entonces estoy guapa; si el doctor me arregla la cara, entonces puedo. La fascia te devuelve el poder a ti: tú decides cómo quieres verte, sin depender del otro.
También cambia la forma de entender el envejecimiento. Hoy hay una tendencia clarísima en los medios: las mujeres queriendo parecer muñecas de plástico. Eso es un predicamento imposible para nosotras, porque te conviertes en una alcancía donde tienes que meter dinero, procedimientos y cirugías, para mantener una imagen que no refleja el paso del tiempo, ni la sabiduría que tienes. Luego vas a la sierra y ves a una mujer de 80 años hermosa, con su cara de humano de 80 años y dices: esto es la belleza. No sé si he vivido lo suficiente para medir el impacto general, pero estar viendo constantemente algo que no empata con lo que eres, genera una lucha inevitable contra tu propia realidad.
Conectar con la fascia es lo opuesto: se trata de integrarte al proceso natural de lo que va pasando y usarlo a tu favor. Desde mi punto de vista, envejecer es un privilegio. Claro que no quiero que mi cara se distorsione, pero eso no tiene que ver con la edad, tiene que ver con la fascia. Una cosa son las arrugas (que son normales y están bien) y otra muy distinta son los cachetes hinchados como de perrito o la cara llena de bolas.
Sí se puede cuidar la belleza desde la salud: que la cara se vea bella y estética para siempre, pero dejando que el tiempo pase. Que el alma se transforme junto con el rostro. Porque, ¿Entonces qué? ¿No quiero sentirme vieja, entonces me opero para no ver eso en el espejo? Deja que la primavera haga contigo lo que hace con los naranjos. ¿Cómo vas a florecer, a dar fruto, a convertirte en lo que vienes a ser en espíritu y en luz, si no aceptas el proceso? Es como tener 18 años y no querer crecer. Es una locura.
¿Puedes hablar sobre la inteligencia de la fascia?
La fascia es una membrana que cubre todo el cuerpo y su función es sostener y compensar. Entonces, si hay desbalances en la postura, la fascia eventualmente llega al espacio que está descompensado, se adhiere ahí y forma un bulto para compensar la falla. Esa es su función física, pero como todo es simbólico, también lo hace emocionalmente.
Todo está conectado. ¿Por qué surgen estos desbalances posturales? Por hábitos posturales, por traumas físicos (un golpe, una cirugía) y también por traumas emocionales. Puedes tener un trauma emocional fuerte y en algún lugar del cuerpo se refleja, generando una contracción. Si no la tratas, se vuelve crónica, crea tensiones que desbalancean todo y la fascia entra al quite para tapar y proteger.
Entonces, primero que nada: ¡gracias, fascia! Qué divina y qué función más bella. Si bien ahora, liberémosla. En el momento en que logras liberar la fascia de esas adherencias, se libera todo lo que tapó: se libera la emoción que guardó, se libera el dolor en el cuerpo que tapó, se libera el desbalance de postura. Por ejemplo, si a mí no me gusta sentarme con el pecho erguido, quizás sea porque de niña, cuando me salieron los pechos, me sentí incómoda que me los vieran y empecé a cerrar el pecho. Entonces, a la hora que libero la fascia del cuello y mi postura regresa a lo natural, vuelve mi inseguridad de los 12 años cuando me salieron los pechos y esa la tendré que atravesar.
Así es como la fascia se va acomodando en el cuerpo. ¿Y cómo sabes si tienes fascia adherida? Si tienes celulitis, dolores, mordida chueca, tienes fascia adherida. Prácticamente todos los humanos tenemos adherencias, a menos que seas un atleta súper dedicado a su cuerpo. Por eso, todo el mundo se beneficia de este tipo de trabajo.
¿Cómo se conecta la fascia con el yoga facial?
Cuando empecé a trabajar con el yoga facial, me di cuenta muy rápido de algo importantísimo: sí puedo cambiar la estructura de mi cara. No es cierto que “somos como somos”. Somos completamente maleables. El yoga facial trabaja a nivel muscular y ahí empecé a ver cambios reales: pómulos más levantados, menos papada, labios más definidos. Mi apariencia no tenía nada que ver con cómo me veía seis meses antes. Fue entonces que entendí que la cara se puede trabajar desde la postura.
Entonces también comprendí que no es que haya gente guapa y gente fea, es que hay gente con postura alineada y gente con postura chueca. Cuando la postura está desbalanceada, todo el cuerpo se empieza a desorganizar y eso se nota en la cara. La gente que se ve guapa muchas veces se ve limpia, clara, como que sabes bien qué estás viendo.
En mi proceso empecé a notar que había cosas del yoga facial que no lograba cambiar. Y ahí fue cuando me topé con una academia rusa especializada en fascia, donde he estado estudiando el último año.
Empecé a entender que cuando la fascia se adhiere en zonas como las clavículas (algo muy común por la postura), se genera una tensión que literalmente jala la cara hacia abajo. Los cachetes que cuelgan, las líneas marcadas, no empiezan en la cara: empiezan más abajo.
Me di cuenta que estaba trabajando solo una parte, cuando podría estar trabajando todo el sistema. Entonces integré el trabajo fascial. Y es impresionante, porque empiezas a liberar fascia en la cadera, en el torso, y es como si tu cuerpo fuera un tamal lleno de ligas: vas cortando ligas y el cuerpo empieza a regresar a su lugar.
El cambio físico es muy fuerte: en seis meses la gente me paraba y me preguntaba si me había operado. Y no me había hecho nada, fue el trabajo con la fascia. Pero lo más drástico no es el cambio físico, es el cambio emocional. Liberar la fascia es incómodo, doloroso y hasta desagradable, porque sale todo lo que estaba guardado. Pero cuando pasa, te sientes increíble. Como después de una limpia de jugos: te ves mejor, te sientes mejor y además estás previniendo lesiones a futuro. Esa es la base de todo este trabajo.
¿Cómo se libera la fascia?
Hay muchísimas técnicas para liberar la fascia, pero básicamente todo funciona a través de la presión. Cuando la fascia está adherida, tienes que ir justo al punto donde duele más, donde sientes que se atoró, y sostener presión por al menos tres minutos hasta que eventualmente se libera.
¿Cómo haces la presión? Puedes usar pelotas de tenis, pelotas más grandes, rodillos de espuma, o incluso con algo que se llama terapia de bloques: son bloques de madera sobre los que te acuestas y dejas que el peso de tu cuerpo haga el trabajo en las zonas donde más duele.
Si no sabes por dónde empezar, siempre recomiendo una pelota dura de liberación fascial (tipo lacrosse o una chiquita estilo básquet). Te tiras en el piso y simplemente ruedas sobre ella de arriba abajo, todos los días. Con el tiempo, tú sola vas sintiendo qué partes están más atoradas y cómo se van soltando. Un hábito que recomiendo a todo el mundo es que, así como te lavas los dientes, uses una pelota en la mañana y en la noche en la planta de los pies.
Hay posturas que ayudan muchísimo a liberar fascia y a acomodar órganos y la clave es la misma: quedarte ahí. Tres minutos en cada punto. Puede doler más o menos dependiendo con qué lo hagas, pero ese tiempo es lo que realmente permite que la fascia se libere. Las pantorrillas, por ejemplo, son intensísimas. Ahí es como si estuvieras aplastando masa: vas pasando poco a poco, con presencia, sintiendo. Y tu propio cuerpo te va diciendo dónde está más adherida la fascia. También se nota visualmente: donde hay acumulación de grasa o retención de agua, casi siempre hay fascia pegada.
Después de todo el trabajo para liberar las tensiones y adherencias que ya existen, ¿Es posible prevenir que se sigan formando? ¿Hay alguna forma de disminuirlas mientras seguimos con la vida diaria?
Sí, totalmente. La clave está en la postura, el yoga y, sobre todo, en la presencia en el cuerpo. Cuando habitas tu cuerpo con conciencia, es muy difícil que sigas acumulando tensiones.
Si además haces un trabajo activo de fascia y le dedicas aunque sea media hora al día, la presencia se vuelve inevitable, porque empiezas a sentir cómo el cuerpo se libera. Es comprometerte con la investigación de tu cuerpo y dedicarle al cuerpo la presencia que amerita. Un cuerpo abandonado es un cuerpo sin postura, un cuerpo abandonado es un cuerpo inhabitado, aguado, con poca vida, con mucha enfermedad, con mucho dolor. Por eso, la manera de evitarlo es simple: habitar el cuerpo como te guste. Moverlo, bailar, hacer yoga, hacer ejercicio, lo que sea… pero regresar constantemente a él.
Y luego decimos “ ¿A qué hora me voy a poner a ver cómo está mi cuerpo?” Pero la realidad es que si no tienes tiempo de estar en tu cuerpo, no tienes tiempo de nada. No estás haciendo lo correcto. Es esencial estar en la respiración y en el cuerpo, más importante que todo lo demás. Porque las consecuencias de no estar... Esa es la verdadera prevención hacia el futuro.
Cuando sostienes presión en un punto doloroso y la fascia se libera, ¿Qué pasa emocionalmente? ¿Cómo lo acompañas?
Para mí, una herramienta básica es escribir: uso un cuaderno y ahora también ChatGPT para registrar lo que voy viviendo y no perderme en el proceso. Durante esos tres minutos en un punto fuerte, lo primero que aparece casi siempre es resistencia. La mente entra en pánico y me dice que me quite de ahí, porque claro, ese punto lo evité miles de veces al día sin darme cuenta. Es muy parecido a cuando llegas a una postura muy retadora en yoga: aparece la resistencia y ahí te quedas hasta que en algún momento llega la rendición. A veces tardo un minuto en llegar ahí, a veces lloro, a veces me enojo o grito, y lo permito todo. Antes me resistía mucho más; ahora estoy más curtida.
También me doy cuenta de algo: cuando mi cuerpo hace algo que no quiere hacer, mi reacción automática es el enojo. Pero en vez de huir, me quedo. Aprendo a tolerar el dolor corporal sin evitarlo. La mente cree que el dolor es malo y quiere que te quites, pero en ese momento tienes que recordarle que tú sabes lo que estás haciendo y que está bien que duela. Eso va formando una estructura interna, un carácter, como aprender a comer picante. No hay muchos momentos en el día donde algo duele y decides quedarte, así que este trabajo te entrena para eso.
Después, con todas las emociones que salen, lo que hago es procesarlas y permitirlas. Antes trataba de voltearlas o negarlas; ahora más bien me digo: “puedo sentir esta emoción en mi cuerpo” con cada emoción que aparece.
Además el cambio es rapidísimo, en un par de semanas de trabajar con la fascia ya eres otra persona. Te ves mejor, te sientes diferente y eso hace que todo el proceso sea profundamente incentivador.
¿Qué importancia tiene para ti la responsabilidad emocional, y cómo se relaciona con el trabajo de fascia y la belleza?
Somos seres interdependientes y eso es hermoso, pero en mi vida llegó un punto en el que tuve que aprender a separar qué era realmente mi responsabilidad y qué no.
Recuerdo ver a un niño pidiendo comida en la calle mientras yo iba en un coche y tenía agua calientita esperándome para bañarme. Esa imagen me partió. Ese choque, la impotencia que sentí y el deseo de hacer justicia social me marcaron profundamente: definieron mis principios profesionales y mis primeros años de trabajo. Quería cerrar esa brecha de injusticia a toda costa, pero entre más luchaba contra ella, más injusticia veía y peor me sentía.
Hasta que entendí algo: el mundo está bien como está. Cada quien es dueño de su espacio y yo solo controlo lo mío.
Esa realización me quitó un peso enorme. Creo que incluso me salvó de enfermarme gravemente, porque crecí cargando con la culpa de las emociones de los demás. Cuando entendí la responsabilidad emocional, me liberé de ese patrón, de sus arquetipos y de sus dinámicas. Dejé de ser el salvador, el héroe o la víctima. Todo es un holograma, una danza, pero lo único que me toca es mi pedacito y lo que me pasa, me lo creo yo.
Por eso valoro tanto la responsabilidad emocional en una pareja. Alguien que no la tiene puede ser muy peligroso: cuando tocan su herida, cree que el otro se la causó y ataca; es un victimario disfrazado de víctima. Pero lo que sucede de mi piel para adentro es mi responsabilidad. Sin responsabilidad emocional, las relaciones se vuelven cíclicas, aburridas y estancadas. En cambio, cuando asumes lo tuyo, ganas poder real: el poder de saber que con tu mente creas y recibes todo, sin alterar, sin amenazar, sin necesitar nada de nadie. Ese es el poder que busco: estar plena y solo dar.
Y eso también aplica al cuerpo y a la belleza, especialmente con la fascia. Mucha gente dice: “no controlo la gravedad, necesito un doctor”. Ese es el discurso médico que nos ha traído hasta aquí, pero hoy ya estamos en otra etapa.
Si mantengo presencia y estudio mi cuerpo, soy soberana sobre mi salud y mi apariencia. No tengo que entregar mi poder a nadie. En lugar de enojarme porque se me caen los cachetes, digo: perfecto, las próximas semanas le voy a dedicar más tiempo y presencia a esta parte de mi cuerpo. Y eso cambia todo, porque tiempo a su cuerpo todo el mundo le puede dedicar.
La responsabilidad es universal, entonces el poder también. La jerarquía que nos venden es falsa. La fascia te regresa el poder a ti: accesible, propio y sin depender de nadie.
Hay algo interesante que pasa con las cirugías: de pronto la gente llega con cambios en su físico, pero el resto de su cuerpo no acompaña. Lo atractivo de unos labios parados no son los labios en sí, es la estructura corporal y la presencia que un humano necesita tener para sostener unos labios así. Lo que implica que exista Angelina Jolie es la mujer que sostiene esos labios. Imagínate la energía que tiene para sostener su cuerpo de esa manera.
El cuerpo es solo el símbolo. Cuando cambias el exterior pero no lo de adentro, se genera una disonancia rarísima: ves labios perfectos, pero la persona no irradia esa energía sexual o esa sensualidad que hace que unos labios se vean así. Lo mismo pasa con cualquier parte del cuerpo. Es un reflejo de postura, de hábitos y de energía. Si no activas eso, te cambias la cara y terminas más lejos de lo que quieres, cada vez más desconectada de ti misma.
Por ejemplo: quieres labios pronunciados. Perfecto. Pero primero libera la fascia amarrada en la mandíbula por temas de control. Apuesto a que en cuatro meses de soltar ese control, tus labios se paran solos y vas a tener una fila de hombres detrás de ti, porque ya no estás contraída. En cambio, si llegas con todo tu control interno pero con labios de silicón… ¿Qué pasa? Ni tu cerebro lo entiende, ni el del otro. No hay un cambio real. Solo te alejas más de ti misma y además, te vuelves dependiente de regresar cada cierto tiempo al doctor para que te inyecte, te ponga o te mantenga. Eso no me suena a libertad, ni a poder, ni a sensualidad, ni a poder femenino, ni a lo que están haciendo las diosas en la Tierra. Las diosas estamos haciendo otra cosa, no eso.
Por eso la fascia me parece espectacular: es una práctica de belleza y salud íntima que es propia, universal y accesible para cualquiera. Cada vez que la haces, en lugar de perderte más, te ayudas y te acercas a ti. Impacta tu salud, tu ánimo y tu vitalidad. Si tuviera un micrófono enfrente de todo el mundo ahorita, sería la única cosa de la que hablaría.
Porque ¿Cuánto dinero y energía creativa se está yendo a la cosmética sin que la felicidad o la conexión realmente aumenten? No sé si una mujer más operada necesariamente genera más conexión emocional, o si se siente más amada o más valorada, que es en el fondo lo que muchas están buscando. Y no estoy en contra de las cirugías. Si te hace feliz, hazlo; qué bueno que exista esa opción. Pero antes de irte a lo invasivo, ¿Por qué no probar lo que tú misma puedes hacer? Es como bajar de peso: antes de una lipo, intentas primero con alimentación y ejercicio.
La fascia me impresionó tanto porque nadie me había dicho que yo podía tener un impacto directo en cómo se veía mi cara.
Imagínate dos mujeres de 40: una elige fascia, conciencia, postura y congruencia; la otra, procedimientos cosméticos. A los 60, ¿quién crees que se va a ver, sentir y expresar mejor? Mi intuición dice que el camino sustentable trae más felicidad. Y eso es lo que la liberación de la fascia ofrece dentro de la industria anti-envejecimiento más grande del mundo: poder real, devuelto a nosotras.
Parece que el camino de la fascia es el de la congruencia total
Exacto. Si yo no dejo de apretar los dientes en la noche, por más que me haga una cirugía o me ponga rellenos para quitar las líneas nasolabiales, me van a volver a salir. Porque no he dejado de apretar la mandíbula y más importante aún, no ha cambiado mi reacción frente al enojo.
Entonces lo que estás viendo es falso. Porque lo que percibimos cuando vemos una cara sin líneas nasolabiales no son sólo las líneas: lo que el cuerpo lee es otra cosa. El cuerpo percibe a alguien que vive en paz, alguien suave, alguien relajado, pero si mi cara se ve relajada y en realidad no lo estoy, se siente una incongruencia.
¿Qué es la belleza para ti?
Para mí, la belleza es autenticidad. Todo lo que es auténtico es bello: la naturaleza, los bebés, la energía congruente.
Cuando no nos gusta cómo nos vemos, muchas veces no es la cara en sí. Lo que pasa es que hay hábitos emocionales o mentales que ya no nos pertenecen, pero que siguen expresándose en el rostro.
La belleza también es transparencia: que no haya capas de más, que no estemos tapando nada. Cuando el cuerpo y la energía están alineados, la belleza aparece sola.
¿Cómo ha impactado este trabajo en tu creatividad y expresión artística?
De entrada, mi voz cambió drásticamente, porque la fascia también está en las cuerdas vocales. Mi rango se amplió una octava completa y la calidad dio un salto cuántico, fue impresionante.
En mi proceso creativo, la verdad es que toda mi vida ha sido creación: toco guitarra, pinto, escribo, tejo… siempre estoy en eso. No sé exactamente cómo la fascia lo potenció, pero lo que sí veo claro y lo aprendí mucho con Mari Sierra, es que el movimiento sanador es una expresión artística más. Cuando me tiro a hacer mis secuencias de fascia, se siente más como un momento creativo que como ejercicio.
¿Qué hace que tu corazón cante?
Yo canto porque escribo música. Cantar no es el fin en sí mismo, el fin es poder cantar mis propias canciones. De hecho, no sabía cantar para nada. Tuve que aprender.
Todo empezó cuando mi hija se estaba muriendo en un hospital. De alguna manera me senté frente a un piano y salió lo que necesitaba salir. A partir de ahí se desencadenó todo.
Escribir canciones es mi hábito artístico principal, mi terapia diaria, lo que más me gusta y lo que uso para resolverme la vida. Aprendí a cantar para poder interpretarlas yo misma, y hacerlo me ha dado una liberación enorme. Cada vez que subes al escenario te enfrentas a todas las voces de tu infancia: “no eres buena”, “qué oso”, “cállate”, “qué cringe”. Todos tus traumas se te plantan enfrente. Es muy fuerte. Al principio lo odiaba, pero ahora me encanta.
Pero solo canto porque sí.
¿Qué nutre tu alma?
Bailar. Bailar es lo que más nutre mi alma. Es como cuando me enchufo y me recargo.
Alguna recomendación
Empiecen a clavarse en la fascia. Métanse a Google, a ChatGPT, investiguen, porque es la siguiente frontera de la belleza y la salud. Si están pensando en operarse, aguantense tantito y exploren la fascia. Y compren Muush.
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